domingo, 6 de diciembre de 2015

El origen de mi pasión


No fue un profesor ni una circunstancia lo que me hizo amar el inglés. Fue algo que había estado presente durante toda mi vida y que al final se canalizó por esa vía: la música. Fue la pronunciación, cómo fluían las palabras, la sonoridad, lo que me enamoró de esta lengua, motivo de la que fue mi primera gran meta y pasión en la vida. Mi sueño era poder entender de oído algún día las canciones que yo cantaba a voz en grito chapurreando ya desde los cinco o seis años. Y lo he conseguido.

Recuerdo coger los libretos de los CD, ir siguiendo la canción guiándome con el dedo por los versos e ir sorprendiéndome de que dos letras juntas formaran una nueva combinación que yo desconocía hasta entonces. Recuerdo, más adelante, carraspear, cerrar la puerta de mi habitación, colocar un taco de folios en la mesa y comenzar a traducir con mi diccionario Collins (el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho mis padres). Ni decir tiene que ahora miro aquellas traducciones y me río muchísimo, pero la seriedad y profesionalidad con la que yo creía abordar esa tarea sigue presente. Lo he conseguido.

Por eso defino el inglés y la traducción como mi pasión, porque comenzó en la infancia y lo que pasa en esa etapa es lo que trasciende de adulto y lo que nada ni nadie puede cambiar.

  • Ni profesores que no intentaban ocultar sus deficiencias cargándola contra el alumno.
  • Ni aquellos otros que nos intentaban clavar a fuego pronunciaciones y vocabulario incorrectos y desfasados.
  • Ni cuando no sacaba las mejores notas de clase en inglés, ni cuando utilizaba estructuras de las canciones de las que había aprendido más inglés que en clase y el profesor me decía que no sonaban naturales.
  • Ni cuando suspendí dos años seguidos la prueba de acceso de traducción de Salamanca.
  • Ni cuando busqué apoyo para conseguir el objetivo de aprobarla y en un centro de idiomas me miraron de arriba abajo y me dijeron con desdén que no iba a entrar porque era demasiado difícil.
  • Ni cuando por momentos he sentido o me han hecho sentir que no traducía bien.

Ni así, porque comenzó en la infancia y lo que pasa en esa etapa es lo que trasciende de adulto y nada ni nadie puede cambiarlo.

Y de repente ocurrió. Escuchando las canciones de antes y de ahora, poniendo canales de noticias extranjeros, viendo películas y series, y entendiendo perfectamente lo que dicen. Se había cumplido. De repente me doy cuenta de que he alcanzado un objetivo que en su momento era primordial y, cómo no, creí inalcanzable. De esos que, cuando por fin consigues, le quitas importancia porque ya tienes las miras puestas en otra meta.

La vida adulta es tan frenética que a veces nos cuesta pararnos a pensar que muy probablemente, si hemos mantenido intacta una pasión, hayamos cumplido sueños de nuestra infancia. Y por eso escribo esta entrada, porque seguro que alguno de vosotros le va a alegrar el día echar la vista atrás y darse cuenta de que los objetivos que hoy considera imprescindibles hace unos años no existían, pero ya ha conseguido otros que antes eran la prioridad número uno.

Feliz domingo.

4 comentarios:

  1. Ay qué precioso artículo. Me identifico mucho con tu experiencia con la música como motor de los sueños de la infancia.

    ResponderEliminar
  2. Gran artículo, esto sí que es motivación :D

    ResponderEliminar